Mi hijo es un valiente.

En ocasiones leo en blogs y en redes sociales el debate sobre si un blog de paternidad o maternidad tiene que estar abierto cuando los niños se hagan mayores y accedan a Internet, ya que encontrarán y verán cosas que igual en esos días que estén en plena efervescencia hormonal, se encuentren y los encuentren, mientras su padre o su madre escribían sobre que monos eran de pequeños y las gracias que hacían.

La intención de esta casa (llámalo blog si quieres), es no desaparecer, ya que cada cosa que escribo sobre mis hijos lo hago con el corazón y como mi intención, que lo consiga o no ya es otra cosa, es que ellos crezcan desde ese lado, pues se que no va a haber problema porqué se encuentren o los encuentren. Pero de la misma manera, si ellos quieren que esto desaparezca, pues se perderá en la inmensidad de la red.

Ahora viene, tras esta introducción, cuando vosotros preguntáis: ¿A qué viene esta charla?

Pues que hoy quiero presumir de hijo, de que es un VALIENTE y me encanta que sea así y que el día de mañana cuando crezca y se busque en Internet, se encuentre esto y diga que está orgulloso de su padre por explicar estas cosas y encima presuma de ello delante del mundo.

Bueno, pues lo que os decía. Hace unos días mi hijo me demostró que es un VALIENTE por una cosa que hizo y que seguramente pensaréis que es una tontería, o no, pero que a mi me hizo crecer mucho más como padre y como persona. Vamos, que me enseñó una lección que ya la tengo bien apuntada y no se me olvidará. ¡Mi hijo se pintó las uñas!

¡Qué cosa más insignificante! Pensaréis la mayoría. Pues no, no lo es. Y menos para un niño de 8 años que va al cole. ¿O acaso os tengo que recordar en la «mierda» (con perdón), de sociedad que vivimos? Pues el Príncipe se pintó las uñas y cuando mi pregunta llena de prejuicios sociales salió de mi boca: ¿Vas a ir al cole con las uñas pintadas? Su respuesta fue clara, corta y me pegó una bofetada en forma de lección: Por supuesto.

Reconozco que pensé muchas veces en él durante ese día. Lo reconozco. La lucha interior que me monté (putos prejuicios que todavía no se me acaban de borrar de la cabeza), me llevó a estar comiéndome la cabeza: ¿Se reirán de él?¿Le insultarán?¿Cómo se lo tomará el colegio?¿Le dolerá emocionalmente?

Al finalizar el día y tras ir con las uñas pintadas durante todo ese tiempo, le pregunté (con esa preocupación inútil por el resultado que mis valores retrógrados y antiguos querían empujar hacia fuera), como había ido y si le habían dicho algo. Y su respuesta de 8 años me volvió a dar otro golpe de calidad, de lección que un niño puede dar un padre: Algunos niños se han reído, pero yo se las quería enseñar a mis amigos y a mi me gusta. ¡¡¡ZASCA PARA PAPÁ!!!

Y así fue como el Príncipe me dio una clase magistral sobre lo que tengo que sacar de mi cabeza y creer más en él.

Por eso, y por muchas cosas más, mi hijo es un VALIENTE.

Ah, y por supuesto, mi hija también es una VALIENTE, pero sus clases magistrales ya os las contaré en otra entrada.

¿Y tus hijos son VALIENTES? O mejor reformulo la pregunta de otra manera: ¿Tu eres VALIENTE?

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