19 Mar

Yo también hacía ceniceros de barro

Que la vida está llena de recuerdos es algo que no debemos olvidar, ya que gracias a ellos podemos vivir. Un recuerdo lo es todo y nos ayudan actualmente, nos sirvieron para hacer algo en un pasado o quizás nos facilitarán algo en un futuro no muy lejano. Hoy se celebra el día del padre y creo que es momento de tirar de esos recuerdos de la infancia y lo que significaba para mi ese día.

Con 8 años en segundo de EGB, la primaria que se conoce actualmente, esperaba el día del padre como algo especial, ya que eso significa que durante toda la semana anterior habíamos estado en clase de plástica entre batas llenas de pintura más propias de un arco iris que de un niño y herramientas varias para desarrollar nuestras habilidades, preparando algo muy especial, el cenicero para papá.

Mis pequeñas manos se llenaban de aquella mezcla marrón y pastosa. Un mejunje que ni los grandes de Art Attack se hubieran atrevido a trabajar debido a la toxicidad, o no, del producto en cuestión. Esa arcilla poco a poco iba cogiendo una forma especial:

Primero bien estirada para que me quedase plana, luego levantando los bordes para conseguir “crear” (la imaginación en aquella edad no tenía límites, lástima que la hayamos perdido ahora), un cuenco casi perfecto. Más tarde en los bordes de aquella forma indefinida, sus correspondientes hendiduras que ya dependían de cada niño y lo que se consumiese en casa, más pequeñas para cigarrillos, más grandes para puros. Y una vez hechos llegaba el toque final, esa dedicatoria dentro del cenicero con un “te quiero papá”.

Luego ya los más perfeccionistas se dedicaban a darle su toque personal con diferentes decoraciones exteriores: rayas, círculos, un papá dibujado, etc…

Y ya teníamos ese cenicero para papá, ese regalo que estábamos totalmente convencidos que le iba a sorprender (luego ya cada año repetíamos la misma operación y se lo entregábamos con la ilusión de la primera vez), pero esa era la manera de sorprender a papá cada 19 de marzo, con su cenicero correspondiente.

También recuerdo aquellos niños y niñas que no tenían papá. Era entonces cuando el profe de plástica les miraba a los ojos y les decía: “pues para tu abuelo o tu tío, pero hazlo”. Y lo hacían, con el mismo cariño con el que yo se lo hacía a mi padre y salían de clase con la misma ilusión con la que yo iba con mi cenicero.

Hoy en día ya no se hacen ceniceros, pero sigue habiendo papás, así que por y para ellos yo seguiré haciendo ceniceros, porque por suerte tengo el mío aquí y mis hijos tienen el suyo. Estoy seguro que me van a hacer un cenicero de arcilla imaginario y me lo darán, con esas hendiduras para el tamaño del cigarrillo en cuestión y con la inscripción hecha en la parte de dentro que ponga en letras escritas con un palillo “TE QUIERO PAPÁ”.